domingo, 27 de enero de 2013

Conspirar en París... ¡imposible!



Hace unos días salí con unos amigos a tomar algo por la noche (a las 7 de la tarde) para celebrar el cumpleaños de una de las chicas. Elegimos un sitio que nos había llamado la atención y que por lo visto tiene cierta fama entre los jóvenes. La verdad es que era un sitio curioso y bastante parisino; un lugar muy pequeño con 3 mesas viejas de diferentes colores y muy pegadas las unas a las otras.
Mi amiga y yo nos sentamos en la barra esperando a que se liberase una mesa porque todas estaban ocupadas y nosotros éramos cuatro. Entonces pensé: “¿cómo un sitio de copas que encima es famoso puede ser tan pequeño?”. Pero 3 minutos más tarde encontré la respuesta a esta pregunta cuando me fijé en que, si bien había solamente 3 mesas, cada una de ellas tenía como 6 sillas. Es decir, en Francia cada cliente no tiene derecho a una mesa, como es costumbre en España, sino a una silla, así que es muy normal tomarte algo con una amiga y compartir la mesa con un grupo de desconocidos.
Aún así tuvimos suerte, y para cuando llegaron los demás, habíamos conseguido una especie de “reservado”; una esquinita más escondida con una pequeña mesa y como 10 sillas. Así, mi amiga pudo disfrutar de cierta privacidad en su cumpleaños. Pero esto solo duró poco más de una hora porque pronto llegaron 3 desconocidos que no encontraron sitio y, al ver tantas sillas libres, se sentaron en el reservado con nosotros.
Imagínense la situación: una esquina con una mesa diminuta y un corro de sillas alrededor… Evidentemente, nos sentimos un poco intimidados ante los “invasores”, que encima nos doblaban la edad. Pero al final, acabamos hablando y hasta nos tomamos unas copas con ellos.
 
He decidido dedicarle una entrada a esta anécdota porque es algo que me llama mucho la atención de aquí, ya que no se trata de una historieta rara y aislada, sino que me pasa muchas veces cuando voy a tomarme sola un café o incluso alguna que otra vez comiendo. Cuando voy yo sola a leer o a escribir a un Starbucks, por ejemplo, me parece algo normal, porque hay pequeñas mesas con varios sillones individuales y normalmente si utilizo solamente uno a mi lado se sientan otras personas que también están solas y van a leer o a trabajar con el ordenador. Eso lo puedo entender y hasta me parece muy práctico. Pero salir a almorzar con tu pareja y compartir mesa con otra pareja… Mi madre dice que esta situación es de “anticonspiración” total, porque incluso aunque tengas la suerte de tener una mesa para ti sola, las mesas están tan pegadas las unas a las otras que es como si comieses en grupo. A veces ni siquiera el camarero puede pasar entre ellas y cuando llegas al restaurante, para sentarte, tienen que rodar la mesa de al lado, lo cual no es muy práctico si te quieres levantar para ir al baño, por ejemplo… Tal vez por eso todos los parisinos son tan delgados, porque desde luego vivir en París con solo unos kilos de más ya debe de ser bastante complicado.
Así que, ante todo esto, me pregunto, ¿cómo puede ser que en una ciudad en la que no se puede sonreír en el metro, en la que se tiene que tener cuidado cuando vas a abordar a la gente en la calle por si se sienten amenazados y en la que es bastante difícil hacer nuevas amistades, la gente vea normal compartir una comida o unas copas con unos desconocidos?
¿Cómo pudieron hacer una Revolución sin que Luis XVI y Mª Antonieta se enteraran? La verdad es que yo no lo entiendo, ¿y ustedes?

Alba
 

lunes, 21 de enero de 2013

Nieve en París!

París me tiene totalmente enamorada, pero vestida de blanco ya es lo más. Sobre todo para mí, que vivo en una tierra donde nunca nieva.




Y esta es mi calle.........

video


Alba

martes, 15 de enero de 2013

Navidades en Tenerife


Hola a todos, ¡feliz año! No he escrito nada en estas 3 semanas porque he estado de vacaciones en Tenerife, así que lo que menos he hecho ha sido encender el ordenador. Pero ya ayer llegué de nuevo a París, ¿y saben qué? Después de haber estado estos pocos meses fuera de casa, estas semanas me han servido para valorar muchas de las cosas con las que siempre he vivido y de las que nunca había sido consciente.

Lo primero fue la noche que hice escala en Madrid. (Sí, con las ganas que tenía de llegar a casa y la compañía aérea va y me cambia los horarios del primer vuelo. Me retrasó tanto el París-Madrid que no me daba tiempo de coger el Madrid-Tenerife, así que tuve que irme la noche antes para dormir en un hotel en Madrid y poder coger la conexión. En fin….) El caso es que cuando llego al hotel, recojo la llave de mi habitación y me dirijo a ella… ¡veo un ascensor! ¡Oh dios mío! Al subirme sentí que avanzaba 100 años en el futuro.
Al día siguiente, cuando por fin llego a Tenerife, veo a mis padres en el aeropuerto y cogemos el coche para irnos a casa… También echaba mucho de menos que me llevasen en coche, ni siquiera conducirlo yo misma, sólo que me llevasen. Pero eso no tuvo nada que ver con la impresión que tuve al llegar a mi casa: por primera vez en mi vida sentí que vivíamos como en una mansión. Y mi cuarto… mi habitación es mayor que todo el piso de París… ¡qué gracia!
Pero creo que las “sorpresas” del día siguiente fueron bastante mejores; por la mañana voy a la cocina (es decir, salgo de una habitación para entrar en otra… ¡genial!) y pienso qué podría desayunar. Sin duda elijo tostadas con mantequilla y un buen café con leche, así que saco la mantequilla, la mermelada, el pan, la leche, preparo la mesa y, entonces, me doy cuenta… ¡tengo tostadora! Bueno, bueno… no sé si comprenderán el grado de alegría que sentí en ese momento después de llevar meses calentando mis tostadas en una vieja placa eléctrica que tarda 20 minutos en calentar… ¡Lo mejor de todo es que pude colocar el tostador en la mesa de manera que no me tuviese que levantar de la silla entre tostada y tostada! Pero esperen, que el fantástico desayuno aún no ha acabado, todavía falta describir la felicidad que experimenté al darle al botoncito de la Nespresso para que saliese mi café…Ummm!!! La verdad es que después de meses bebiendo café instantáneo, ese café me supo a gloria. Pero lo mejor de todo fue que, al terminar, no tuve que fregar nada, sino que ¡directo todo al lavaplatos!
Y para rematar la mañana… una larga ducha de agua hirviendo en mi bañera en un baño enorme. Bueno, aquí tengo que explicar varias cosas para que todos entiendan lo que yo sentí; en primer lugar, el baño de mi piso en París puede medir... no sé, quizás llega a medir 3 metros cuadrados. Encima es bastante estrecho, tanto, tanto, que cuando me siento en la taza del váter puedo darme cabezazos contra la pared de enfrente… y cuando me lavo los dientes no puedo agacharme mucho porque sino me doy en el culo con la pared de detrás. Pero bueno, a eso me he habituado y ya ni me daba cuenta de ello, pero a lo que sí que no me había acostumbrado ni me acostumbraré es a las patéticas dimensiones de mi ducha… Podrán imaginarse en un baño de 3 metros cuadrados con taza del váter, un lavamanos con su repisita y su espejito y un termo enorme para el agua caliente, cuánto podrá medir la ducha… ¿no? Y encima, alguien muy inteligente colocó una estantería enorme dentro de la ducha para poner los jabones y los champús, con lo cual cuando me lavo la cabeza tengo que ponerme de lado para evitar darme codazos con eso y se me pegan las cortinas de la ducha en las piernas y en el culo… ¡Puag! Sin duda, una de las sensaciones más odiosas del mundo. Y para acabar, todavía no le he cogido el truco para regular la temperatura del agua, así que normalmente me ducho con agua tibia más que caliente. Comprenderán que ante esta situación mis duchas en París no llegan a los 10 minutos, son igual de incómodas que de fugaces. Así que creo haber explicado todas las palabras de la frase “una larga ducha de agua hirviendo en mi bañera en un baño enorme”.
Lo demás fueron sensaciones menos intensas pero sin dejar de ser curiosas. Me di cuenta de lo mucho que me gustaba mi sofá, es comodísimo y muy suave… o tal vez, sólo echaba de menos tener un sofá. También me encantó volver a comer en una mesa normal con otras personas, poder comentar con alguien lo que vemos en la tele, mirarme en un espejo de cuerpo entero (gracias al cual descubrí todo lo que había engordado…) o incluso calentar cosas en la placa a una velocidad que me pareció vertiginosa.
Pero hubo dos impresiones que me parecieron verdaderamente asombrosas porque jamás las había tenido. La primera la sentí el mismo día que llegué, cuando por la noche mis padres, mi hermana y yo salimos a tomar algo por la ciudad. Nada más salir del coche y pisar el suelo de la calle dije sin pensar “huele a monte”. Mi familia me miró sin comprender. Para mi olía como cuando íbamos al monte a hacer una chuletada o a pasear. Pero ninguno de los 3 olía nada diferente, sino que me decían que siempre había sido así. Yo la verdad es que no sé qué pensar, y por eso me pareció algo tan curioso ¿puede ser que cada ciudad huela diferente? Creo que sí. Mi madre dice que como París es una gran ciudad, hay mucho más coche y mucha más polución y que tal vez por eso asociaba ahora el olor de Tenerife con el de los montes. Puede ser verdad… ¿no?
La segunda impresión es hasta irónica. A mí nunca me ha gustado el calor ni el sol y siempre me he puesto contenta cuando veo que los días son más bien nublados, porque además el sol me molesta mucho en los ojos y en Tenerife casi siempre tengo que usar gafas de sol. En París no es que esté siempre nublado, pero sí creo que el sol es diferente, mucho menos fuerte, es decir, hay sol suficiente para iluminar pero no para deslumbrar. El caso es que uno de los primeros días iba con mi novio en coche y el sol nos iba dando de frente. Normalmente yo me hubiese quejado y hubiese intentado evitarlo pero, ¿qué es lo que hice esta vez? Bajar la ventanilla, sacar un poco el brazo y apoyar la cara para que me diese el sol. Por primera vez en mi vida me gustó esa sensación. Me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin sentir el sol de verdad en la piel y lo cierto es que me gustó. Extraño, ¿verdad?

Bueno, creo que esas eran las cosas más curiosas que quería compartir. Está claro que viajar no solo sirve para descubrir otros sitios y conocer cosas diferentes, sino también para aprender a valorar lo que ya se conoce.

Alba