lunes, 15 de abril de 2013

Los castillos de la Loire


¡Hola a todos! Después de dos semanas de duro trabajo y horas de estudio, ¡he terminado la primera tanda de exámenes de este semestre! Acabé el viernes pasado, y para celebrarlo, y como recompensa al esfuerzo que he hecho, decidí hacer una excursión todo el fin de semana por los magníficos castillos de la Loire.
Una amiga y yo fuimos a inscribirnos unas semanas antes en el “club de jóvenes estudiantes en París”, una organización que se dedica a preparar excursiones y actividades para los estudiantes extranjeros que viven en París. Así que en cuanto vimos la excursión que proponían, reservamos plazas sin pensárnoslo.
La verdad es que ha sido un fin de semana fantástico, no solo por el paisaje y los castillos, sino porque conocimos a gente de todo el mundo. Eran personas muy distintas, de casi todas las edades, con culturas y vidas diferentes, pero a todos nos unía una misma cosa: París. Lo único malo fue que después de dos semanas durmiendo poco y levantándome muy temprano para estudiar, tuve que poner el sábado el despertador a las cuatro y media de la mañana… Pero bueno, la diferencia entre levantarme de madrugada para irme de viaje y hacerlo para sentarme al escritorio a estudiar es muy grande y, de hecho, gratificante. Así, a las seis y media estaba subiéndome al bus que nos iba a llevar de excursión. Por la mañana fuimos al château de Cheverny, que se encuentra en un pueblecito muy, pero que muy pequeño, pero que cuenta con un castillo y unos jardines preciosos. Luego fuimos a Blois, donde tuvimos dos horas libres para almorzar, visitamos el castillo y paseamos por la ciudad. Pasamos la noche allí y por la mañana salimos temprano hacia Chenonceau, que es, en mi opinión, el castillo más espectacular de todos; el jardín y el paisaje eran verdaderamente impresionantes aunque el interior del castillo me decepcionó un poco. Y finalmente, llegamos a Amboise, la ciudad de Leonardo Da Vinci. Teníamos dos opciones de visita, y mis amigos y yo decidimos ir a la casa de Da Vinci, un castillo que le regaló François I, donde vivió durante años y donde están expuestas todas las maquetas y  los dibujos de sus inventos.
Llegamos a París el domingo a eso de las ocho y media de la noche, cansadísimos, pero sin ganas de volver. La verdad es que ha sido una excursión que recomiendo a cualquiera que venga a Francia y tenga tiempo, no solo por los encantadores pueblitos y sus castillos, sino por el paisaje entero. A mí, la verdad es que, acostumbrada al paisaje un tanto árido de las islas, me fascinó ver tantos y tantos kilómetros de campos verdes, con sus granjitas, sus huertos y sus caballos.
La verdad, es que no hay nada como viajar…

                                                            Château de Cheverny


Château de Blois


                                                                     Paisaje Blois


                                                                       Paisaje Blois


                                                                      Paisaje Blois


                                                               Château de Chenonceau


                                                                 Jardines Chenonceau


                                                                Jardines Chenonceau


                                                          Château de Leonardo Da Vinci


Alba

viernes, 29 de marzo de 2013

Soy una Erasmus...


¿Cómo son los Erasmus? Nadie lo sabe, nadie les conoce. Son gente rara, que visten diferente y que van siempre un poco “a su bola”. Yo siempre he pensado eso. Hasta en mi clase, en la Universidad de La Laguna, que no llegamos a 20 personas, pensamos así. Cada semestre tenemos uno o dos estudiantes extranjeros y la verdad es que nadie los llega a conocer. Vienen a clases sueltas y no son muy habladores…
En general, puedo decir que en mi clase de Tenerife somos un grupo bastante abierto, y  en realidad siempre da curiosidad y resulta muy exótico tener un amigo extranjero. De hecho, les invitamos a las chuletadas o demás fiestas que hacemos, y al principio a todos nos llama la atención y todos queremos conocer al Erasmus de la clase.
Pero… ¿qué pasa después? En la práctica, no está tan bien tener un Erasmus en clase. Por de pronto, como no entienden mucho y no vienen a todas las asignaturas, nunca se enteran cuando decidimos hacer un día de fuga, por ejemplo; hay veces, cuando hay algún día suelto entre un finde y un puente, que la clase se decide poner de acuerdo para faltar todos un día, avisamos al profesor, que en principio siempre va a estar de acuerdo, y si faltamos todos pues no se pierde la clase, sino que el profesor da el temario al día siguiente. Pero de todos modos, aunque le hayamos avisado y esté de acuerdo, su obligación es esperar en el aula al menos los 10 primeros minutos por si al final alguien decide ir (lo cual está muy mal visto). ¿Y qué pasa con los Erasmus? Pues que como no son amigos de ninguna persona en particular, nadie se acuerda de avisarles o nadie tiene su correo. También ocurre que se les avisa pero no entienden bien lo que pasa, o que simplemente vienen a clases sueltas y no se enteran. Y entonces, llega el día de la fuga, el profesor llega a clase y ve a dos alumnos, los Erasmus… ¡ups! Temario perdido para el resto.
Además, nadie sabe por qué, pero resultan ser personas muy sinceras y, los que nos han tocado a nosotros, bastante trabajadores. Así que tampoco es muy práctico tenerlos en clase cuando, después de un examen que a la mayoría nos ha salido muy mal, decidimos reclamar en grupo y quejarnos al profesor por el nivel y la dificultad de la prueba. Porque ahí están los Erasmus que enseguida dicen que a ellos les ha parecido muy fácil…
O cuando nos mandan alguna tarea que nadie hace y cuando el profesor nos las pide decimos todos jugar contra su memoria y asegurar que no la había mandado, y los Erasmus, desde la ingenuidad dicen: “Sí, sí la mandó. Yo la tengo hecha”. Eso es que mata a cualquiera…
Pero, por otro lado, es muy gracioso tenerlos en el grupo. Recuerdo que nos hacía mucha gracia cuando llegaban tarde porque se equivocaban con el horario, o directamente se metían en la clase que no era…

En fin, el caso es que esta semana me he dado cuenta de que aquí soy la típica Erasmus. En realidad, aunque haya hecho amistades en París, en las clases casi siempre estoy sola porque en todas soy la única extranjera y voy a clases específicas, es decir, no tengo ninguna asignatura con el mismo grupo de alumnos, así que en una hora y media de clase a la semana me resulta difícil hacer amigos, sobre todo en este país.
También noto que visto diferente que las otras chicas de mi edad, y la verdad es que aquí me arreglo mucho menos. Así que cuando voy con mi sudadera, mi coleta, sin maquillar  y con mi mochila y me siento al lado de una francesa con un abrigo precioso, un recogido de pelo elaborado, pintadísima, su falda y sus tacones, pues siento que tengo pegado en la frente un papel enorme que dice “EXTRANJERA”.
Pero eso es lo de menos, lo que me ha hecho darme cuenta de todo esto fue una cosa que ocurrió hace un par de semanas… Yo tengo clases 4 días a la semana, los lunes y martes empiezo al mediodía y los jueves y viernes me toca madrugar. Teniendo clases con horarios diferentes, en aulas diferentes y en facultades diferentes, la verdad es que me cuesta aprenderme de memoria todo y las primeras semanas voy con un papelito con las clases, los horarios y el número de aula apuntado (típico de los Erasmus). Bueno, yo empecé las clases en febrero, fui una semana a clase, y luego falté una semana porque vinieron mi madre y mi hermana. A la semana siguiente, la clase del jueves se anuló, y el jueves siguiente toco festivo. Es decir, durante casi un mes, solo tenía que madrugar los viernes, que tengo clase a las 9 de la mañana, y en esas semanas ya me había dado tiempo a aprenderme todos los horarios y ya no iba más con mi papelito por ahí
Cuando por fin me volvió a tocar ir a la universidad un jueves por la mañana, llegué 3 minutos tarde porque hubo un problema en el metro. El caso es que, cuando llegué a las 09:03 vi que la puerta estaba cerrada y por fuera había un cartel que ponía “no entrar si la puerta está cerrada”. Aún así intenté entrar, porque me parecía sorprendente que a los 3 minutos la puerta estuviese ya cerrada ya que aquí los profesores suelen llegar siempre 5 minutos tarde adrede para dar tiempo a los alumnos a cambiar de aula. Pero en cuanto abrí la puerta la profesora me fulminó con la mirada y me dijo: “¿No sabe leer? Lo siento, ya no se puede entrar”. Así que volví a mi casa, después de haberme despertado a las 7 de la mañana, maldiciendo a todo el mundo.
A la semana siguiente, viendo lo pronto que se cerraba la puerta de esa clase, salí mucho antes de casa por si volvía a ocurrir algún imprevisto en el metro. Pero, para mi sorpresa, a pocos minutos de las 9, la puerta ya estaba cerrada… ¡No podía ser! Abrí la puerta indignada, decidida a rechistar si la mujer no me dejaba entrar. La profesora me miró, ojeó su reloj y me dijo: “Pase”. Mirándola con orgullo me senté en la primera mesa que vi preparada para mi hora y media de clase. Y entonces, no había pasado ni media hora cuando la profesora dice: “Bueno chicos, esto es todo por hoy, hasta la semana que viene”. Al principio no entendía nada, pero supuse que en la clase anterior habría dicho que ese día saldríamos antes, aunque me extrañaba que nos hubiese hecho ir solo para media hora, así que le pregunté a un grupo de chicas que estaban a mi lado. Ellas se miraron unas a otras, se desternillaron de risa en mi cara y me contestaron entre risitas: “En realidad, la clase empieza a las 8 de la mañana, y por eso acaba a las 9 y media.”
Me morí de vergüenza, les di las gracias por la información y, volví de nuevo a casa diciéndome “Alba, eres una Erasmus”.

Alba

jueves, 28 de febrero de 2013

¡Hay que ducharse!

            Bonjour!

Como todos los jueves, esta mañana he madrugado bastante. Tengo clases a las 8 de la mañana en la facultad que está más lejos de casa, así que tengo que estar en la calle por lo menos a las 07:15 (¡06:15 en Canarias!). En realidad, tampoco está tan mal, porque como París no abre hasta las 11 de la mañana, a las 7 y media están todos durmiendo, así que el metro está relativamente vacío, relativamente limpio y relativamente…
Hoy, cuando las puertas del metro se abrieron y un aire cargado y maloliente me dio de lleno en la cara, me di cuenta de que ya tenía otro tema del que hablar para una nueva entrada. Bueno, en realidad lo primero que pensé, como casi todas las mañanas que me subo al metro fue: “¿Cómo alguien puede oler tan mal a las 7 y media de la mañana?”. Enseguida recordé anécdotas que explican este hecho y que me parecieron divertidas para contar.

Primero que nada, hay que establecer un hecho. Por supuesto, no quiero generalizar ni ofender a nadie pero la verdad está ahí: Muchos franceses huelen muy, pero que muy mal. ¿Por qué? A veces, cuando por las mañanas estoy calentita en mi cama, con mi pijama de invierno, aplastada por mi funda nórdica y mis 2 mantas, y pienso que tengo salir de la cama para quitarme el pijama y meterme en la ducha creo llegar a comprenderles y pienso: “¿Será por esto?”. Pero, aunque sea cierto que hay veces que se me hace muy difícil y paso mucho frío, yo siempre me acabo metiendo en la ducha, porque me han educado así, que hay que ducharse todos los días porque si no, eres una cochina. Pero claro, a lo mejor esa es la mentalidad en España, tal vez aquí a los niños franceses les digan que lo normal es ducharse una vez por semana, o en un invierno una vez al mes, porque como hace frío y uno no transpira…
En realidad, ya una anécdota que me ocurrió meses antes de venir me había “advertido” de todo esto. Cuando me dijeron que estaba admitida en el programa ERASMUS, y que me habían dado la plaza para París, enseguida me puse a buscar dónde quedarme. Mi primera opción fueron las residencias universitarias, pero todas me rechazaron, así que en febrero del 2012, ya estaba buscando piso en París. Al principio solo me preocupaba  por buscar un piso cerca del centro y con un precio razonable. Mis primeras opciones fueron “estudios” aún más pequeños que el mío, de 8 o 9 metros cuadrados y aún así, siempre se salían un poco de mi presupuesto o estaban a las afueras. Yo solo leía que tuviesen calefacción, si tenían ascensor o no… En ningún momento se me pasó por la cabeza que si no ponía que tenía ducha y WC era porque no tenía, porque eso es ilegal ¿no? El caso es que estuve cerca de un mes viviendo en la ignorancia y uno de esos días encontré el que yo creí el piso ideal. Estaba muy cerca de donde vivo ahora (era mi zona favorita), era bastante barato y ponía que era de 9 metros cuadrados, pero tenía calefacción, parquet, las ventanas con doble cristal, el edificio con digicode… Todo lo que para ellos es indispensable. Sin embargo, no había fotos, sino que había que contactar con el propietario para más información. Así que, emocionada, llamé al número indicado y enseguida me contestó una señora. Le expliqué que era española, que me habían dado una beca ERASMUS, que llegaría a París en septiembre y que estaba interesada en su piso, pero que quería ver un par de fotos antes. La señora, muy agradable, me contestó que me enviaría las fotos, pero que si quería me daba más detalles por teléfono y me describía exactamente como era el estudio para que me fuese haciendo una idea. Yo estaba emocionadísima, no me creía que pudiese haber encontrado un piso tan rápido, en una zona tan buena y por ese precio, así que escuché atenta la descripción de la mujer. Creo que recordaré esa conversación toda la vida:


-“Pues verá, la verdad es que es muy pequeñito. Es una única habitación; en una esquina está la cocina, con una nevera y un mueblito para la comida. También hay una pequeña mesa con una silla. Hay un sillón-cama bastante grande y un armario con espejo. Y bueno, eso es todo
Yo enseguida reaccioné.
            -“¿Y el baño?
            -“¡Ah sí, claro! En la otra esquina hay un lavamanos y el váter está en el rellano, es común.”
Lo primero que pensé fue que evidentemente había algún error, y no sé por qué pero, en cuanto comprendí que no había entendido mal, lo primero que me imaginé fue lavándome todo mi pelo en el lavamanos… La imagen me horrorizó e intenté razonar con la señora.
-“Pero… señora, ¿y dónde me ducho?”
Y atención a la respuesta de la dama porque va a explicar muchas cosas.
-“¡Ahhhhh! ¡Eso! Pues… creo que hay un gimnasio en la misma calle.”
-“Vale, muchas gracias señora, que tenga un buen día.”
Un gimnasio… También me imaginé yendo en albornoz por París con mis cosas de la ducha. Hoy por hoy, aún no sé cuál de las dos imágenes me conmocionó más.

El caso es que, después de esa conversación comprendí que si el anuncio no precisaba que hubiese un baño era porque no había, y al aplicar esa exigencia, los precios aumentaron aún más. Y no fue hasta junio que encontré mi piso. Mis últimas opciones tenían todas más o menos el mismo precio y estaban en zonas céntricas muy buenas, pero los otros pisos estaban en edificios con ascensor o en un primer piso con una ducha, aunque sin un cuarto de baño, y el váter en el rellano. Finalmente decidí que subir 6 pisos caminando era un precio muy barato para mi precioso cuarto de baño.
 
                                                     ¡Mi alegre cortina!

                                           Todo en rosa y azul, ¡antes muerta que sencilla!

                                         ¡Mis preciosas maripositas y libélulas!
       
¿A que es el baño más pequeño y bonito que han visto nunca?

Alba

sábado, 16 de febrero de 2013

¡cuántas cosas!


Bonjour!

 Siento mucho haber estado desaparecida, pero me han pasado tantas cosas… En primer lugar, la última semana de enero, al terminar los exámenes y antes de que empezasen las clases, decidí irme con una amiga a Ámsterdam. Ella es una chica griega que, como yo, ha llegado este año a París, y como las dos pasamos en enero nuestros cumples aquí, lejos de casa, sin nuestros amigos ni familia, decidimos hacernos un regalo a nosotras mismas e irnos de viaje. Queríamos hacer un viaje medio hippie, quedarnos varios días fuera y gastar muy poco dinero. Así que cogimos un bus desde París hasta Ámsterdam, ¡que duró 8 horas! Pero la verdad, no es tan duro como parece, hacíamos descansos cada 2 horas y las dos fuimos hablando, durmiendo y leyendo la guía de viaje. El viaje me encantó, fue una nueva experiencia, ¡nada que ver con los viajes que hago con mis padres! Con sus ventajas e inconvenientes, pero estuvo muy bien. Aunque la ciudad en sí (y perdónenme los amantes de Ámsterdam) me decepcionó bastante. Es cierto que la gente es mucho más agradable que los parisinos, que te sonríen y hablan con facilidad, pero nada que ver con mi París… La ciudad me pareció muy sucia y había muy pocos museos comparado con otras grandes ciudades. Aunque tengo que admitir que nada más llegar me atropelló una bici… Tal vez eso influencie un poco mi opinión.

Días después, de vuelta a mi adorada París, empecé de nuevo las clases. Tuve la semana de presentaciones, de inscripciones y matrículas (aquí hay que matricularse mil quinientas veces de cada asignatura y en mil quinientos sitios diferentes), así que no tuve tiempo de nada. Fue una semana de clase y “paseos”. Y digo “paseos” porque cada vez que tengo que hacer papeleo en la universidad me veo obligada a recorrerme todo París. ¿Por qué? Pues porque aún no me he acostumbrado a los horarios: tengo clases en 3 facultades que están considerablemente lejos las unas de las otras, y cada una tiene horarios muy diferentes y a cada cual más raro. Ejemplo: “Lunes y miércoles de 11:00-13:00 y de 14:00-16:00. Martes y jueves solo de tarde y viernes cerrado.” ¿Ustedes creen que eso son horarios normales? Y luego somos los españoles quienes no damos palo al agua. En fin…

Después de una semana de locura, tuve todo resuelto, pero entonces… ¡Vinieron mi madre y mi hermana a verme! Así que decidí fugarme de clase toda una semana (mi madre prácticamente me obligó) y hacer turismo con ellas, comer y ver muchas tiendas.
Se preguntarán en qué parte de mi mansión se quedaron. Pues bien, mi madre conmigo en mi cuarto, y mi hermana en una colchoneta en el hall-despacho-comedor-cocina. Supongo que después de haber vivido aquí un par de meses, en 13 metros cuadrados, yo también he desarrollado esa habilidad de los franceses de saber aprovechar por completo el espacio. En realidad, la primera impresión de mi hermana al ver mi piso fue muy divertida, aunque me dejó de hacer gracia en cuanto llamó a mi casa “desván”... Mi madre, por el contrario, que ya había estado en septiembre aquí conmigo, quedó maravillada y encantada al ver que mi casa estaba limpia, mi nevera llena y todo ordenado. ¡Para que luego digan que es difícil hacer feliz a una madre!
La verdad es que me encantó tenerlas aquí, enseñarles lo que había descubierto en París, mis sitios favoritos, mis parques y museos, tener a alguien con quien hablar al acostarme y sobre todo… ¡que me hiciesen el desayuno! (Mamá, es broma). Por otro lado, me asombró ver, después de 21 años criticando a mi madre, lo maniática que puedo llegar a ser con mis cosas. Me ponía muy nerviosa cuando veía a mi madre doblar el mantel de la mesa al revés o cuando mi hermana apagaba la luz para irnos a dormir y dejaba la puerta del baño abierta. ¡Y encima no cerraban bien la llave del lavamanos ni del fregadero y dejaban el grifo siempre goteando! Pero bueno, ahora veré con otros ojos el hecho de que mi madre se ponga histérica cuando en mi casa ponemos los cojines del sillón al revés o los mandos de la tele fuera de la bandeja que hay en la mesa.

Y nada, ahora que ellas se han ido, volveré a las clases, a mis franceses y a mis cosas. Espero volver a tener algo que escribir muy pronto.

domingo, 27 de enero de 2013

Conspirar en París... ¡imposible!



Hace unos días salí con unos amigos a tomar algo por la noche (a las 7 de la tarde) para celebrar el cumpleaños de una de las chicas. Elegimos un sitio que nos había llamado la atención y que por lo visto tiene cierta fama entre los jóvenes. La verdad es que era un sitio curioso y bastante parisino; un lugar muy pequeño con 3 mesas viejas de diferentes colores y muy pegadas las unas a las otras.
Mi amiga y yo nos sentamos en la barra esperando a que se liberase una mesa porque todas estaban ocupadas y nosotros éramos cuatro. Entonces pensé: “¿cómo un sitio de copas que encima es famoso puede ser tan pequeño?”. Pero 3 minutos más tarde encontré la respuesta a esta pregunta cuando me fijé en que, si bien había solamente 3 mesas, cada una de ellas tenía como 6 sillas. Es decir, en Francia cada cliente no tiene derecho a una mesa, como es costumbre en España, sino a una silla, así que es muy normal tomarte algo con una amiga y compartir la mesa con un grupo de desconocidos.
Aún así tuvimos suerte, y para cuando llegaron los demás, habíamos conseguido una especie de “reservado”; una esquinita más escondida con una pequeña mesa y como 10 sillas. Así, mi amiga pudo disfrutar de cierta privacidad en su cumpleaños. Pero esto solo duró poco más de una hora porque pronto llegaron 3 desconocidos que no encontraron sitio y, al ver tantas sillas libres, se sentaron en el reservado con nosotros.
Imagínense la situación: una esquina con una mesa diminuta y un corro de sillas alrededor… Evidentemente, nos sentimos un poco intimidados ante los “invasores”, que encima nos doblaban la edad. Pero al final, acabamos hablando y hasta nos tomamos unas copas con ellos.
 
He decidido dedicarle una entrada a esta anécdota porque es algo que me llama mucho la atención de aquí, ya que no se trata de una historieta rara y aislada, sino que me pasa muchas veces cuando voy a tomarme sola un café o incluso alguna que otra vez comiendo. Cuando voy yo sola a leer o a escribir a un Starbucks, por ejemplo, me parece algo normal, porque hay pequeñas mesas con varios sillones individuales y normalmente si utilizo solamente uno a mi lado se sientan otras personas que también están solas y van a leer o a trabajar con el ordenador. Eso lo puedo entender y hasta me parece muy práctico. Pero salir a almorzar con tu pareja y compartir mesa con otra pareja… Mi madre dice que esta situación es de “anticonspiración” total, porque incluso aunque tengas la suerte de tener una mesa para ti sola, las mesas están tan pegadas las unas a las otras que es como si comieses en grupo. A veces ni siquiera el camarero puede pasar entre ellas y cuando llegas al restaurante, para sentarte, tienen que rodar la mesa de al lado, lo cual no es muy práctico si te quieres levantar para ir al baño, por ejemplo… Tal vez por eso todos los parisinos son tan delgados, porque desde luego vivir en París con solo unos kilos de más ya debe de ser bastante complicado.
Así que, ante todo esto, me pregunto, ¿cómo puede ser que en una ciudad en la que no se puede sonreír en el metro, en la que se tiene que tener cuidado cuando vas a abordar a la gente en la calle por si se sienten amenazados y en la que es bastante difícil hacer nuevas amistades, la gente vea normal compartir una comida o unas copas con unos desconocidos?
¿Cómo pudieron hacer una Revolución sin que Luis XVI y Mª Antonieta se enteraran? La verdad es que yo no lo entiendo, ¿y ustedes?

Alba
 

lunes, 21 de enero de 2013

Nieve en París!

París me tiene totalmente enamorada, pero vestida de blanco ya es lo más. Sobre todo para mí, que vivo en una tierra donde nunca nieva.




Y esta es mi calle.........

video


Alba

martes, 15 de enero de 2013

Navidades en Tenerife


Hola a todos, ¡feliz año! No he escrito nada en estas 3 semanas porque he estado de vacaciones en Tenerife, así que lo que menos he hecho ha sido encender el ordenador. Pero ya ayer llegué de nuevo a París, ¿y saben qué? Después de haber estado estos pocos meses fuera de casa, estas semanas me han servido para valorar muchas de las cosas con las que siempre he vivido y de las que nunca había sido consciente.

Lo primero fue la noche que hice escala en Madrid. (Sí, con las ganas que tenía de llegar a casa y la compañía aérea va y me cambia los horarios del primer vuelo. Me retrasó tanto el París-Madrid que no me daba tiempo de coger el Madrid-Tenerife, así que tuve que irme la noche antes para dormir en un hotel en Madrid y poder coger la conexión. En fin….) El caso es que cuando llego al hotel, recojo la llave de mi habitación y me dirijo a ella… ¡veo un ascensor! ¡Oh dios mío! Al subirme sentí que avanzaba 100 años en el futuro.
Al día siguiente, cuando por fin llego a Tenerife, veo a mis padres en el aeropuerto y cogemos el coche para irnos a casa… También echaba mucho de menos que me llevasen en coche, ni siquiera conducirlo yo misma, sólo que me llevasen. Pero eso no tuvo nada que ver con la impresión que tuve al llegar a mi casa: por primera vez en mi vida sentí que vivíamos como en una mansión. Y mi cuarto… mi habitación es mayor que todo el piso de París… ¡qué gracia!
Pero creo que las “sorpresas” del día siguiente fueron bastante mejores; por la mañana voy a la cocina (es decir, salgo de una habitación para entrar en otra… ¡genial!) y pienso qué podría desayunar. Sin duda elijo tostadas con mantequilla y un buen café con leche, así que saco la mantequilla, la mermelada, el pan, la leche, preparo la mesa y, entonces, me doy cuenta… ¡tengo tostadora! Bueno, bueno… no sé si comprenderán el grado de alegría que sentí en ese momento después de llevar meses calentando mis tostadas en una vieja placa eléctrica que tarda 20 minutos en calentar… ¡Lo mejor de todo es que pude colocar el tostador en la mesa de manera que no me tuviese que levantar de la silla entre tostada y tostada! Pero esperen, que el fantástico desayuno aún no ha acabado, todavía falta describir la felicidad que experimenté al darle al botoncito de la Nespresso para que saliese mi café…Ummm!!! La verdad es que después de meses bebiendo café instantáneo, ese café me supo a gloria. Pero lo mejor de todo fue que, al terminar, no tuve que fregar nada, sino que ¡directo todo al lavaplatos!
Y para rematar la mañana… una larga ducha de agua hirviendo en mi bañera en un baño enorme. Bueno, aquí tengo que explicar varias cosas para que todos entiendan lo que yo sentí; en primer lugar, el baño de mi piso en París puede medir... no sé, quizás llega a medir 3 metros cuadrados. Encima es bastante estrecho, tanto, tanto, que cuando me siento en la taza del váter puedo darme cabezazos contra la pared de enfrente… y cuando me lavo los dientes no puedo agacharme mucho porque sino me doy en el culo con la pared de detrás. Pero bueno, a eso me he habituado y ya ni me daba cuenta de ello, pero a lo que sí que no me había acostumbrado ni me acostumbraré es a las patéticas dimensiones de mi ducha… Podrán imaginarse en un baño de 3 metros cuadrados con taza del váter, un lavamanos con su repisita y su espejito y un termo enorme para el agua caliente, cuánto podrá medir la ducha… ¿no? Y encima, alguien muy inteligente colocó una estantería enorme dentro de la ducha para poner los jabones y los champús, con lo cual cuando me lavo la cabeza tengo que ponerme de lado para evitar darme codazos con eso y se me pegan las cortinas de la ducha en las piernas y en el culo… ¡Puag! Sin duda, una de las sensaciones más odiosas del mundo. Y para acabar, todavía no le he cogido el truco para regular la temperatura del agua, así que normalmente me ducho con agua tibia más que caliente. Comprenderán que ante esta situación mis duchas en París no llegan a los 10 minutos, son igual de incómodas que de fugaces. Así que creo haber explicado todas las palabras de la frase “una larga ducha de agua hirviendo en mi bañera en un baño enorme”.
Lo demás fueron sensaciones menos intensas pero sin dejar de ser curiosas. Me di cuenta de lo mucho que me gustaba mi sofá, es comodísimo y muy suave… o tal vez, sólo echaba de menos tener un sofá. También me encantó volver a comer en una mesa normal con otras personas, poder comentar con alguien lo que vemos en la tele, mirarme en un espejo de cuerpo entero (gracias al cual descubrí todo lo que había engordado…) o incluso calentar cosas en la placa a una velocidad que me pareció vertiginosa.
Pero hubo dos impresiones que me parecieron verdaderamente asombrosas porque jamás las había tenido. La primera la sentí el mismo día que llegué, cuando por la noche mis padres, mi hermana y yo salimos a tomar algo por la ciudad. Nada más salir del coche y pisar el suelo de la calle dije sin pensar “huele a monte”. Mi familia me miró sin comprender. Para mi olía como cuando íbamos al monte a hacer una chuletada o a pasear. Pero ninguno de los 3 olía nada diferente, sino que me decían que siempre había sido así. Yo la verdad es que no sé qué pensar, y por eso me pareció algo tan curioso ¿puede ser que cada ciudad huela diferente? Creo que sí. Mi madre dice que como París es una gran ciudad, hay mucho más coche y mucha más polución y que tal vez por eso asociaba ahora el olor de Tenerife con el de los montes. Puede ser verdad… ¿no?
La segunda impresión es hasta irónica. A mí nunca me ha gustado el calor ni el sol y siempre me he puesto contenta cuando veo que los días son más bien nublados, porque además el sol me molesta mucho en los ojos y en Tenerife casi siempre tengo que usar gafas de sol. En París no es que esté siempre nublado, pero sí creo que el sol es diferente, mucho menos fuerte, es decir, hay sol suficiente para iluminar pero no para deslumbrar. El caso es que uno de los primeros días iba con mi novio en coche y el sol nos iba dando de frente. Normalmente yo me hubiese quejado y hubiese intentado evitarlo pero, ¿qué es lo que hice esta vez? Bajar la ventanilla, sacar un poco el brazo y apoyar la cara para que me diese el sol. Por primera vez en mi vida me gustó esa sensación. Me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin sentir el sol de verdad en la piel y lo cierto es que me gustó. Extraño, ¿verdad?

Bueno, creo que esas eran las cosas más curiosas que quería compartir. Está claro que viajar no solo sirve para descubrir otros sitios y conocer cosas diferentes, sino también para aprender a valorar lo que ya se conoce.

Alba